Recuerda, Señor, que tu
ternura y tu misericordia son eternas y no permitas
que nos derrote el enemigo. Sálvanos, Dios de Israel, de todas nuestras
angustias.
Oremos:
Señor, Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo; alimenta nuestra
fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos
alegrarnos en la contemplación de tu gloria.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
El sacrificio de nuestro
patriarca Abrahán
Lectura del libro del Génesis
22, 1-2. 9-13.15-18
En aquel tiempo, Dios le puso una
prueba a Abrahán y lo llamó:
"¡Abrahán, Abrahán!"
El respondió:
"Aquí estoy".
Y Dios le dijo:
"Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en la montaña que yo
te indicaré".
Cuando llegaron al sitio que Dios le había señalado, Abrahán levantó un altar y
acomodó la leña. Luego ató a su hijo Isaac, lo puso sobre el altar, encima de
la leña, y tomó el cuchillo para degollarlo. Pero el ángel del Señor lo llamó
desde el cielo:
"¡Abrahán, Abrahán!"
El contestó:
"Aquí estoy".
El ángel le dijo:
"No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas ningún daño. Ya veo que
temes a Dios y que no me niegas a tu hijo único".
Abrahán levantó entonces la vista y vio un carnero enredado por los cuernos en
un matorral. Atrapó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.
El ángel del Señor volvió a llamar a Abrahán desde el cielo y le dijo:
"Juro por mí mismo, palabra del Señor, que por haber hecho esto y no
haberme negado a tu hijo único, te bendeciré y multiplicaré tu descendencia
como las estrellas del cielo y las arenas de la playa. Tus descendientes
conquistarán las ciudades de sus enemigos.
En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque me
has obedecido".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 115, 10.15.16-17.18-19
Siempre confiaré en el
Señor.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Yo seguía confiando, incluso
cuando pensaba: "¡Qué desgraciado soy!" El Señor siente profundamente
la muerte de los que lo aman.
Siempre confiaré en el Señor.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Señor, yo soy tu siervo, hijo
de tu esclava: rompiste mis ataduras. Te ofreceré un sacrificio de acción de
gracias invocando tu nombre.
Siempre confiaré en el Señor.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Cumpliré mis promesas al Señor
en presencia de todo el pueblo, en los atrios de la casa del Señor, en medio de
ti, Jerusalén.
Siempre confiaré en el Señor.
Dóminus illuminátio mea et salus mea.
Dios nos entregó a su propio
Hijo
Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los Romanos
8, 31b-34
Hermanos: Si Dios está con
nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo,
antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos
gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él? ¿Quién acusará a los
elegidos de Dios, si es el que salva? ¿Quién será el que condene, si Cristo
Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios
intercediendo por nosotros?
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: "Este es mi
Hijo amado: escúchenlo".
In splendénti nube, patérna vox audíta
est; «Hic est Flius meus
diléctus; ipsum audíte».
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Este es mi Hijo amado
† Lectura del santo Evangelio según
san Marcos
9, 2-10
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús se llevó a
Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró
en su presencia. Sus vestidos se volvieron de una blancura deslumbrante, como
nadie en el mundo podría blanquearlos.
Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
"Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres chozas: una para ti, otra
para Moisés y otra para Elías".
Estaban tan asustados que no sabía lo que decía. Vino entonces una nube que los
cubrió y se oyó una voz desde la nube:
"Este es mi Hijo amado; escúchenlo".
En ese momento miraron alrededor y vieron sólo a Jesús con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que
habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los
muertos.
Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí qué querría decir aquello
de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Celebrante:
Oremos, hermanos y hermanas, al Padre de la misericordia, árbitro de nuestros
actos y Dios que escudriña lo profundo de nuestros corazones, y, con espíritu
contrito, pidámosle que escuche la oración de su pueblo penitente:
(Respondemos: Señor, ten piedad).
Para que Dios conceda a sus fieles
vivir estos días de Cuaresma con verdadero espíritu de penitencia y prepararse
a celebrar con fruto el sacramento del perdón, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.
Para que quienes se han apartado
del camino del bien y han muerto a causa del pecado, escuchen en estos días de
Cuaresma la voz del Hijo de Dios y vivan, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.
Para que Dios inspire sentimientos
de caridad a los que tienen riquezas y multiplique los bienes de la tierra en
bien de todos, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.
Para que la penitencia cuaresmal
aleje de nosotros el amor desordenado a los bienes visibles y sane nuestra
aridez espiritual con el deseo de los bienes del cielo, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.
Celebrante:
Señor, Padre santo, que no perdonaste a tu Hijo, sino que lo entregaste por
nosotros, pecadores, escucha nuestras súplicas y fortalécenos en la obediencia
a la fe, para que, siguiendo en todo las huellas de Jesucristo, seamos
transfigurados con él en la luz de la gloria.
Por Jesucristo, Señor nuestro.
Amén.
Que esta ofrenda, Señor, nos obtenga el
perdón de nuestros pecados y nos santifique en el cuerpo y en el alma, para que
podamos celebrar dignamente las festividades de
Por
Amén.
La transfiguración del Señor
En verdad es justo y necesario, es
nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre
santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque Cristo, nuestro Señor, después de anunciar su muerte a los discípulos,
les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de
acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la
resurrección.
Por eso,
como los ángeles te cantan en el cielo, así nosotros en la tierra te aclamamos
diciendo sin cesar:
[Misa]
Este es mi Hijo amado, en
quien me complazco: escúchenlo.
Oremos:
Te damos gracias, Señor, porque al darnos en este sacramento el Cuerpo glorioso
de tu Hijo, nos permites participar ya, desde este mundo, de los bienes eternos
de tu Reino.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
.